En la última clase, se planteó el ordenador como traductor; como procesador lingüístico. Nos presentamos como analfabetos digitales ante las pantallas de estas máquinas; no escribimos ni hablamos en ceros y unos. A pesar de la facilidad de transmitir nuestras ideas en forma de correos electrónicos, chat, redes sociales, … el proceso del que formamos parte, es significativo y complejo. La raiz del tema tratado en clase, es la comunicación; enfrentarnos al “castigo de Babel” en el contexto digital.
Se introduce una idea a debatir curiosa. A la hora de traducir un texto en una aplicación digital (traductor google, babelfish translator,... ) se producen fallos de expresión, usos o interpretaciones incorrectos de palabras, y, por tanto, el texto traducido es incompleto o sin sentido. Sin embargo, y aquí el planteamiento crítico, ¿los desajustes son debido a problemas del software traductor o a la ambigüedad con la que nos expresamos?
Todo se reduce a la comunicación; la finalidad del lenguaje es precisamente ese. En este sentido de traducción digital, se requiere una capacidad y dominio lingüístico más exigente. Se presenta, así pues, una meticulosidad imprescindible en la comunicación: concisión, frases bien construidas y claridad. Se apela por un aprendizaje más profundo y nítido del propio lenguaje para así poder realizar una traducción más efectiva de nuestro mensaje.




